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Espectáculos

Los muchachos olvidados de Dios se presentan en Mar del Plata

Publicado el dia 27/03/2026 a las 09h25min
Única función el 28 de Marzo a las 21hs en el Séptimo Fuego Bolivar 3675

1. Sinopsis breve

“Los muchachos olvidados de Dios”, está inspirado en los testimonios del conflicto interno del Perú, de las décadas de 1980 a 2000, donde se cuentan las historias de varios de ellos que quedaron en el medio de las fuerzas de orden (policías, militares y grupos paramilitares) por un lado y de los grupos terroristas por el otro.

Se tocan estos casos olvidados, ocultados y que aún muchos no han tenido justicia ni del estado peruano, ni tampoco ecos de sus reclamos, por ello les otorgamos voz y sentimientos, a través de una creación dramatúrgica llena de metáforas poéticas y corporales.

Es una obra que transforma la memoria en un acto poético. Los intérpretes no representan, sino presentan esas historias, transitándolas con sus cuerpos, danzas, voces y sus emociones.

El escenario se convierte así en un ritual de sanación y resistencia, donde el arte devuelve dignidad a quienes fueron silenciados por la historia.

Y los artistas al terminar la función, aún siguen develando sus propias historias de sanación con sus propias danzas…

Actores / Presentadores: Manuel Guerrero | Lady Galloso.

Dramaturgia, dirección y puesta en escena: Xavi (Javier Valencia)

Inspirado en hechos reales.

Trayectoria: Desde su estreno en el año 2012, el espectáculo teatral “Los muchachos olvidados de Dios”, ha sido invitado a representar al Perú en decenas de festivales y encuentros internacionales; así como a participar en centros culturales, teatros, salones comunales, espacios alternativos, como parte de varias giras en ciudades como Arequipa, Cajamarca, Sucre, Arica, Iquique, Rancagua, Mendoza, San Luis, San Francisco, La Plata, Mar del Plata, Zárate, Campana, Formosa, Misiones, Posadas, Ushuaia, Comodoro Rivadavia, Río Turbio, Bariloche, Buenos Aires, Venado Tuerto, Las Flores, Montevideo, Asunción, Bogotá, Cali, Santa Marta, Santander, Cartagena de Indias, Soacha, Quito, Ibarra, Porto, Recife, Brasilia, Los Angeles, Hollywood, Vigo, Nigrán, Baiona, Barcelona, Milán, Berlín, etc.

2. Temática general La obra se sumerge en la memoria viva del conflicto interno peruano (1980–2000), explorando las huellas del dolor y la búsqueda de justicia desde una perspectiva poético-testimonial.

El director y creador de la obra investigó por muchos años distintas fuentes históricas. Cada escena inspirada y vuelta ficción, recupera fragmentos de verdad y humanidad: la hija que enfrenta la muerte del padre, el periodista desaparecido que habla desde su espíritu, la mujer desplazada y migrante que tiende su ropa como quien tiende su historia, la joven que aún lucha por la espera de un amor inocente, entre otros personajes que aparecen y desaparecen como la historia misma.

Más que narrar hechos, la obra evoca memorias colectivas: se articula en la estética del teatro de la memoria, donde los cuerpos son archivos emocionales, y el gesto cotidiano -lavar, cantar, caminar, respirar- se convierte en símbolo. El texto, el movimiento y el canto se entrelazan para construir una dramaturgia corporal que se aleja del teatro psicológico o representativo, y abraza un teatro ritual, donde la emoción se encarna, no se interpreta. 3. Análisis dramatúrgico y filosófico “Los muchachos olvidados de Dios” no es una obra documental, sino una evocación poética de memorias reales. Las escenas no reconstruyen los hechos, sino sus resonancias humanas: el eco del dolor, la persistencia de la ternura, la danza de despedida colectiva, la necesidad de recordar para no repetir.

El cuerpo del actor deviene espacio ritual, donde las voces de los ausentes pueden volver, aunque sea por un instante, al territorio del presente. Estructura y lenguaje La dramaturgia se organiza como un tejido coral de fragmentos, cada uno anclado a un objeto simbólico (una vasija, un cajón, una escalera, una prenda).

No hay continuidad lineal, sino una arquitectura de memoria: la música convoca a la emoción, la voz convoca la imagen, la imagen convoca el movimiento, y el movimiento convoca la emoción.

Y viceversa. Los intérpretes presentan —no representan—, en el sentido antropológico del acto: exponen, habitan, revelan, danzan, lloran. El cuerpo poético y la estética de Javier Valencia (Xavi) La obra responde a la estética dramatúrgica y poética desarrollada por Javier Valencia (Xavi), desde inicios de los años 2000, donde para él, la escena es entendida como un espacio de revelación emocional, filosófica y espiritual. Su escritura escénica se reconoce por: la interrelación entre lo testimonial y lo onírico, la presencia del cuerpo como portador de metáforas corporales (el cuerpo-lugar, el cuerpo-río, el cuerpo-ofrenda), y el uso del lenguaje poético como vía de conocimiento, más que como ornamento.

Quizás parafraseando a Dubatti: “...la poíesis corporal juega con la presencia y la ausencia: el cuerpo y sus acciones están presentes (el actor, el performer) para construir una ausencia (ej.: el personaje).

Como se señaló en algunos análisis críticos, la dramaturgia de Xavi propone un teatro del alma en tránsito, donde el intérprete no busca encarnar un rol sino dejarse atravesar por una energía emocional y filosófica.

Su poética se enraíza en una visión del arte como acto sanador: la escena como ceremonia, el público como testigo de un proceso de reconciliación con lo humano.

Filosofía de la memoria Desde un pensamiento ético y estético, la obra se sitúa en la línea de un teatro que no denuncia para señalar, sino para devolver humanidad a los cuerpos olvidados. Dialoga con la noción de memoria de Paul Ricoeur - como reconstrucción del sentido -, y con la idea arendtiana de que recordar es resistir al mal banal del olvido, por ello en sus obras desde la dirección apunta que cada acción realizada, la condiciona la natalidad, es decir, dar origen en el mundo “en este caso artístico” a algo único, nuevo, inesperado, y nos recuerda que el hombre “aunque ha de morir, no ha nacido para eso sino para comenzar”, y al artista debe morir y nacer una y otra vez en escena.

En este sentido, Los muchachos olvidados de Dios es un acto de resistencia simbólica, un canto que rehumaniza a los ausentes y recuerda al espectador que la historia también se escribe desde el cuerpo que tiembla, canta, duda y ama. Y todo ello desde una visión profundamente antropológica de la cultura, como lo señalaba el director y dramaturgo italiano Renzo Casali en sus metáforas antropocéntricas: “Exigimos cultura, pero no somos tan ingenuos como para esperar.

Entendemos que debemos tomarla con nuestras propias manos. Exigimos cultura porque la cultura es sinónimo de libertad. A través de la cultura puedo pensar. Un hombre que piensa es un hombre libre. Esté donde esté…”

Fuente: Mdpok.ar