Curiosidades
Thelma Fardín y la tentación del castigo: cuando el feminismo pierde su propia complejidad
En los últimos años, figuras como Thelma Fardín se convirtieron en símbolos de una lucha necesaria: visibilizar la violencia y romper el silencio.
En los últimos años, figuras como Thelma Fardín se convirtieron en símbolos de una lucha necesaria: visibilizar la violencia y romper el silencio.
En los últimos años, figuras como Thelma Fardín se convirtieron en símbolos de una lucha necesaria: visibilizar la violencia y romper el silencio.
Sin embargo, alrededor de ese proceso legítimo creció algo más incómodo: una deriva hacia la lógica de la cancelación y el castigo inmediato, donde la complejidad desaparece y todo se reduce a una sentencia moral exprés.
Ahí es donde empieza el problema. Porque no todo feminismo es lo mismo. Hay una diferencia profunda entre el pensamiento de Rita Segato, que invita a comprender las tramas culturales, los sistemas de poder y las estructuras simbólicas.
Pensando la causa de las mujeres para toda la humanidad y un feminismo que se vuelve punitivista, reactivo y, en muchos casos, selectivo. El feminismo que incomoda de verdad no es el que grita más fuerte, sino el que piensa más profundo.
El problema del feminismo más “rancio” ese que se volvió casi una caricatura de sí mismo, es que parece haber cambiado justicia por castigo, reflexión por linchamiento simbólico, y transformación social por aprobación inmediata en redes.
No busca entender: busca señalar. No intenta construir: busca cancelar.
Y en ese juego, las inconsistencias quedan demasiado expuestas. ¿Por qué algunos casos generan movilización masiva y otros silencio incómodo? ¿Por qué la indignación parece administrarse según conveniencia simbólica?
La falta de una reacción igual de contundente en tragedias como la de Lucio Dupuy o la de Ángel García abre preguntas incómodas sobre los criterios morales que se aplican. No se trata de competir dolores. Se trata de coherencia. Cuando una causa pierde universalidad, pierde legitimidad.
El feminismo que vale la pena no es el que divide el mundo en buenos y malos sin matices, sino el que se anima a pensar incluso lo incómodo. El que no teme cuestionarse a sí mismo.
El que no necesita del aplauso fácil para sostenerse.
El que no aleja al hombre, sino que lo ingresa a pensar y hacer comunidad y reflexionar sobre la causa de la mujer.
El riesgo de figuras públicas como Fardín no está en lo que denuncian, sino en lo que representan cuando el discurso se vuelve rígido, cerrado y, sobre todo, funcional a una lógica de época: la del juicio permanente.
Porque una sociedad que solo sabe castigar, pero no sabe comprender, está condenada a repetir exactamente aquello que dice combatir.
Y ahí, quizás, está la verdadera discusión pendiente.




















